La historia de las cosas
¿Alguna vez te has preguntado de dónde vienen todas las cosas que compramos y a dónde van cuando las tiramos?
¿Alguna vez te has preguntado de dónde vienen todas las cosas que compramos y a dónde van cuando las tiramos?
Como todos los veranos desde hace unos años, asistimos de nuevo al espectáculo mediático del Tour de Francia en todo su esplendor: imágenes de superciclistas custodiados por la Gendarmerie, mucho ruido, declaraciones del tipo “los tramposos no empañarán este deporte” o “entre todos conseguiremos arrojar el dopaje fuera del ciclismo”, muchas tertulias deportivas, mucho afán…
En mi opinión, con respecto al tema del ciclismo el emperador va desnudo pero nadie dice nada. Creer que un ser humano puede alcanzar el Tourmalet o ascender la Madeleine en bicicleta comiendo espaguetis es muy ingenuo… o muy cínico. Todo el mundo sabe que los deportistas profesionales y en particular los ciclistas consumen “complementos” para mejorar su rendimiento. Las diferentes normativas (nacionales e internacionales) establece la barrera entre lo que es o no ilícito en aquello que, en primer lugar, pone en riesgo la salud del deportista y que además contribuye de un modo artificial a aumentar su rendimiento.
En la proliferación de las drogas en el deporte creo que hay dos causas. Una primera la sacrosanta competitividad, eso que nos venden casi como la quintaesencia del ser humano, el motor de toda evolución o progreso individual o colectivo. La competitividad convertida en obsesión trae muchisímas más desgracias que alegrías. En segundo término, los organizadores de estos tradicionales eventos deportivos han ido, año tras año, complicando el recorrido de las pruebas en pos del “espectáculo”, en especial el Tour de Francia, convirtiéndolo en una competición extremadamente dura incluso para los mejores. Competitividad y espectáculo, un cóctel explosivo.
Es por todo ello que pienso que se debería abandonar tanta hipocresía y tanta impostura y organizar de una vez por todas dos Tours, una ronda de deportistas (y organizadores) honestos, repletos de pasta, carne y zumitos, es decir, una competición deportiva como tal, y otra televisiva, de héroes rebosantes de nandrolona, clenbuterol y EPO de quinta o sexta generación. Ver a tíos puestos hasta las cejas, con los ojos fuera de las órbitas y las lenguas amoratadas, subiendo como jabatos por los Pirineos. ¿No se quiere espectáculo? Pues eso sí que sería espectáculo. Y los organizadores, además, se harían de oro gracias a las audiencias millonarias. El otro Tour, el de verdad, lo dejaríamos para echarnos la siesta, como siempre.
Lo de ahora, lo del juego del “corre corre que te pillo”, es una estafa tan grande como el wrestling americano ese, donde unos señores musculosos vestidos de mamarrachos hacen como que se pegan pero en realidad no se pegan. El ciclismo viene a ser ahora una cosa muy parecida: tipos que a primera vista parecen deportistas actuando en un tinglado que parece ciclismo pero que no lo es.
Un japonés encuentra a una mujer viviendo en su armario
Y nosotros nos quejamos del problema de la vivienda… Me imagino a la mujer como un émulo del protagonista de Hierro 3, la magnífica película de Kim Ki-Duk.
Durante esta semana estoy recibiendo una formación a cargo de mi empresa. En la sala donde se imparte el curso he tenido la suerte de sentarme en un sitio cercano a los ventanales, los cuales permiten disfrutar de unas hermosas vistas de esta zona de la ciudad. Desde “mi” ventana, en concreto, se ve estupendamente el Hotel Palace, pero no fue hasta antes de ayer cuando reparé en que en el tejado del afamado hotel hay apostado un enorme osito de grandes orejas, color broncíneo y corpulencia más bien fofa.
Desde hace dos días ando intrigado con ese osito. ¿Qué hace allí? ¿Cómo llegó? ¿Él nos ve a nosotros, me ve a mi? Ya no atiendo a los formadores que tanto se afanan en sus explicaciones, sólo pienso en el osito de bronce de aspecto bonachón que me observa desde el tejado del Palace.
Ayer le pedí la cámara a mi mujer para fotografíar a este insólito e inesperado personaje. En uno de los descansos, mis compañeros huyen a fumar o a tomar algo en la cafetería. Yo en cambio salgo a un pequeño balcón para asegurar una mejor perspectiva para mis fotos. Oh, sorpresa. No hay un osito en el tejado. Hay muchos ositos.

Reformulo mis preguntas, se acrecentan mis incógnitas. ¿Qué hacen allí esos ositos? ¿Cómo han llegado hasta ahí? ¿Por qué nos observan? ¿Qué quieren decirnos? Mi imaginación se dispara recreando una hipotética invasión de una raza de ositos orejudos gigantes, asexuados, gorditos y broncíneos, que provienen de un lejano planeta para traernos al fin el conocimiento supremo, para ayudarnos a inaugurar una nueva era de amor fraternal, de comprensión y de solidaridad entre los pueblos.
En este extásis universal de bondad suprema, de ángeles de luz metamorfoseados en ositos de bronce portadores de un mundo mejor, oigo la voz de un compañero que ha vuelto del café. Un compañero muy bien informado, que tiene a bien compartir conmigo que tales esculturas son obra de no sé qué artista moderno, que si en Nueva York ha hecho tal y tal cosa, que si quiere expresar esta y aquella cosa.
Yo me cago en mi bien informado y culto compañero. Se podría a haber metido la lengua en el culo, o mejor, habérsela quemado con un cigarrillo. Mi proyecto de altruista y benéfica invasión extraterrestre se va al carajo. Vuelvo a mi mundo de cursos de empresa, compañeros sabihondos y excentricidades artísticas.
Cuanto viva mi alma en la forma que viviere, vivirá en ella, hecha hueso espiritual o roca espiritual de sus huesos, esa bendita isla rocosa de Fuerteventura
Miguel de Unamuno

Dice Pedro de su isla que es desnuda como el alma. Cuando llegas en avión y la ves desde el aire - me cuenta con su rostro iluminado - puedes ver sus venas, sus huesos. Es verdad. Fuerteventura es tierra en medio del mar, tierra pura, brutalmente desprovista de cualquier ornato, de cualquier manierismo vegetal que abrume los sentidos. Esa bendita isla rocosa de don Miguel es abstracción, es introspección: mire uno a sus montes, a sus llanuras o a sus dunas se ve uno reflejado, pero reflejado por dentro, reflejada el alma a pleno sol en esas formas modeladas minuto a minuto, siglo tras siglo, por el viento.
Fuerteventura para mi no ha sido simplemente un destino vacacional donde hemos pasado unos días maravillosos. No es una mera colección de bellas imágenes ni de nombres de resonancia ancestral (Tindaya, Betancuria, Antigua, Jandía…) No es para mi tan sólo un lugar, tan sólo un lugar en forma de isla, no, es muchísimo más. Esta isla es para mí lo que ningún lugar ha sido antes: un perfecto y armónico estado de conciencia.
Nacer, vivir y perecer es cambiar de forma.
Denis Diderot, El sueño de d’Alembert
Hacer lo que los demás es tranquilizador pero no significa que sea correcto.